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Caminar y salir por la Costa del Sol

Danielle Gent, una de las impulsoras de SoluMarket

Actualizado 31 de octubre de 2026 · 5 minutos de lectura

Lo mejor de vivir aquí no lo notas hasta noviembre. Las cuatro de la tarde, en manga corta, paseando junto al mar, mientras en el norte ya han encendido la calefacción y a las cuatro y media es de noche. Eso no es sensación de vacaciones. Eso es un martes cualquiera.

Y aun así hay gente en esta costa que se pasa años metida en casa. No porque no haya qué hacer, sino porque no tiene con quién ir. Y es una pena, porque lo que hay es casi absurdo.

Ciento ochenta kilómetros junto al mar

La Senda Litoral va del Balcón de Europa, en Nerja, al Castillo de la Duquesa, en Manilva: unos ciento ochenta kilómetros por catorce municipios. Nada de asfalto, sino caminos, y donde las rocas bajan hasta el agua, pasarelas de madera construidas por encima. En algunos tramos caminas literalmente sobre el mar.

Lo bueno: no hace falta empezar por el principio. Te incorporas donde vives, andas hasta que te canses y vuelves en autobús.

Esa es la manera. Dos horas con el mar a la derecha, un café a mitad de camino y el autobús de vuelta por un par de euros. Sin coche, sin plan y sin forma física digna de mención: es llano.

Y entonces te das la vuelta

Porque detrás están las montañas, y empiezan ahí mismo. La Sierra de Mijas sube de la costa a más de mil metros de un tirón. Un cuarto de hora hacia el interior, aparcas entre los pinos y subes por caminos que huelen a resina y a romero.

Arriba solo se oye el viento. Ves toda la costa hasta Gibraltar y, en un día claro de invierno, África queda detrás como una raya azul. En foto no sale, y no te lo crees hasta que estás allí.

El invierno es la temporada

Justo al revés de lo que todo el mundo supone. De noviembre a abril se camina aquí de maravilla: unos dieciocho grados, luz limpia y los senderos vacíos. En julio y agosto se sale a las ocho de la mañana o no se sale, y aun así se lleva más agua de la que crees necesitar.

Y por la noche

Si vienes del norte hay una costumbre que desaprender: cenar a las siete. Aquí la noche no empieza hasta que oscurece. A las diez las terrazas están llenas de familias, de abuelos, de niños todavía correteando, y nadie mira el reloj.

No hace falta planear nada. Bajas a la playa, buscas un chiringuito con gente, pides lo que haya entrado ese día y te quedas hasta tarde. Y si hay feria en algún sitio, ve. Durante una semana un pueblo entero sale a bailar de noche a la calle, y allí cabe todo el mundo, tú también.

Una noche en Marbella

Un ejemplo, y es mío. Por un conocido de un conocido me enteré de que un grupo salía a cenar a Marbella. No conocía a nadie, y fui solo.

Ese es todo el paso. No el idioma, ni la ruta, ni si encajas o no: solo ese momento en que sales solo a verte con gente que no conoces.

Empezó con charla. La gente fue llegando, todos nos presentamos y en un cuarto de hora la incomodidad había desaparecido. Al final éramos unos once, más de los previstos, porque por el camino se sumaron algunos más.

Primero cenamos todos juntos. Y después salimos por el casco antiguo, de un sitio a otro, y se nos hizo tardísimo.

Fui sin conocer a nadie y volví a casa con una noche inolvidable. Eso no es un reclamo publicitario. Es sencillamente lo que pasa cuando dices que sí una vez.

Y ahí no acaba

Porque no se quedó en aquella noche. De allí salieron amistades de verdad, gente con la que sigo hablando. Eso no me lo esperaba cuando salí de casa.

Y hay algo más que te llevas sin darte cuenta, y quizá sea lo que más vale: aprendes de la gente cómo funcionan aquí las cosas. Qué gestor es bueno y cuál te tiene esperando. Dónde hay un mecánico que no se ríe de tu español. Cómo se resuelve algo en el ayuntamiento y a qué hora conviene ir. Qué día es el mercado bueno. Cuánto deberías pagar por algo, para no pagar el precio de recién llegado.

Nada de eso está escrito en ninguna parte. Eso te lo cuenta alguien que lleva aquí cinco años más que tú, en una mesa, de pasada.

Y por eso un sitio así encaja aquí. En SoluMarket ya se compra y se vende entre vecinos: la misma gente que sabe cómo funcionan las cosas, en los mismos pueblos. Ese conocimiento y ese trato van juntos.

Lo único que falta

Compañía. Esa es la barrera de verdad, no la ruta ni el idioma. Solo, nunca acabas de arrancar, y se te va un invierno.

Para eso está el tablón. Ahí está la gente que sale a andar el domingo y quiere a alguien más, y la que tiene ganas de salir una noche pero no sola. No hace falta vender nada para estar ahí. Pon lo que buscas, o contesta a alguien que busca lo mismo que tú.

Cómo ponerlo

No hace falta que quede bonito, y cuidado con una cosa: no pongas fecha. Suena raro, pero aquí funciona así. Primero miras quién se anima y, cuando sabes cuántos sois, elegís juntos un día que le venga bien a todo el mundo. Al revés acabas con una fecha en el tablón a la que justo no puede nadie. Algo así, entonces:

Ya está. No es un anuncio, no hay precio, no se vende nada. Quien lo lea y le apetezca contesta con un mensaje. Y en cuanto seáis unos cuantos, la fecha sale sola: eso nunca fue lo difícil.

Y entonces pasa lo mejor que puede pasar: funciona y se queda. La misma ruta cada mes, una noche fuera cada pocas semanas. Ya nadie tiene que organizarlo y a ti solo te toca apuntarlo en la agenda. Así empezaron todos los grupos de esta costa: con alguien que lo preguntó una vez.

Te cuesta un mensaje. Lo demás se arregla solo.

Fuentes

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